Mírame como si estuviera aquí hace una eternidad, conociendo todo lo que
pasa a mi alrededor, anticipando a qué hora llueve, cuando amanece y el segundo
exacto en el que se pone el sol, sabes bien que soy metódico para entender los
efectos de la realidad y de los fuertes latidos de mi corazón cuando estás,
fortaleza que no he sentido en mucho tiempo, pero cuando se trata de ti ,
entiendes que no tengo nada que hacer, solo esperar a ver si aparece el querer
pegado con una promesa que me ilumina al quedarte.
Sí, querría guardar las palabras que me dices cuando me abrazas, pero me
entran por los oídos y se consumen en la sangre que nutre mis células, esas
mismas que me hacen ser quien soy, este ser que te ama aun en esos días cuando
no estoy. Podría ser quien te hace poesía y rima tu ausencia con la mía, tu
sonrisa con máscara y luego encontrarnos ahí justito cuando sale el tren y
entender que por enésima vez vamos a viajar en este mundo al revés, juntos,
pegados, agarrándonos las manos y muy seguramente a medio dormir, por eso
confundimos las verdades con sueños y cada vez que te encuentro me toca
preguntarte por el ayer, para agarrarme de nebulosas y lanzarlas a los
recuerdos y así de un jodido tirón saber que nos pertenece un pasado. Como envidio
a los celadores, esos, vigilantes, despiertos, sin modorras ni destellos, con
claridad y resueltos, que apuntan en la bitácora cada gesto o detalle, sea
alegre o grave, y al día siguiente aún con la sombra en el horizonte, siguen
grabando lo que sin querer te dije anoche.
Creo que mi vida la hice lejos de ti, pero cuando quiero volver a armar mi
camino, solo tu apareces junto a él; y tengo que decirlo que a pesar de mi rareza
sigues sin inmutarte con cara de entender cada movimiento de mi cuerpo, cada estúpido
pensamiento cada falso contoneo que imita a una palmera desde lejos, que quiere
irse pero termina siempre dentro, de ti, de mí, de nuestro pellejo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario