¡Qué cosa! Esto no me ha podido funcionar, trato de olvidarte y no es
posible, entre tanto intento y ningún objetivo alcanzado, opté por tratar de no
amarte tanto pero el resultado fue fatal, hoy lo hago mucho más y más, te amo
infinitamente y me odio por ello. Quisiera borrar tu estela, que el amor que me
embarga se convierta siquiera en cariño, de esos afectos que se les tiene a los
niños, un sentimiento vago que solo logra mover una sutil sonrisa y archivarte
con los “medios olvidos”, aquellos que no desaparecen, pero que nunca están presentes.
Es cruel la situación, no tengo descanso y es que esto ya no es vivir,
mucho menos amar, reconozco que se convirtió en adorar, como quien mira al
cielo y entiende que después de él hay mucho más. Pregunté si en el momento de
conocernos, habías llenado el formulario para entrar en mi corazón, a ver si lo
buscaba y revisaba cuales fueron las referencias de tu presentación, y así tal
vez requiriéndoles a ellos, me podrían dar pistas de tus secretos para
olvidarme de tu amor; fue infructuoso como lo demás, al fin de cuentas solo me
tocó rezar, pedir piedad ¡por favor!, volver a la cordura, dejar aquella ruta y
encontrar el camino de mi vida, el mismo que se separa de ti para alejarse en
la llanura del adiós.
Ya el mundo apareció, la locura desvanece y la luz aparece, mezclando el
oficio con lo divino, encontré el equilibrio, un andar tranquilo, despreocupado
en el que por fin hallé lo anhelado, es este mi tiempo, me descubro
aprovechando el día y descansando las noches, durmiendo a pierna suelta como
los justos, soñando profundo, tan profundo que ayer me apareciste estando
dormido, te vi en completa inmovilidad, pero poco a poco con el amanecer volvía
tu incipiente aleteo, ese movimiento ingenuo que apareció dentro de mí cuando
te conocí.

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