martes, 5 de abril de 2011

CONSEJO







Carlos me esperaba impacientemente en la puerta del aeropuerto, lo había llamado contándole que viajaba y que me gustaría verlo para hablar después de tanto tiempo. El se había ofrecido a recogerme, aun después de tanto insistirle que no era necesario, me obligó a aceptar su propuesta. Ahí estaba, con su habitual vestimenta y por primera vez noté las arrugas en su cara, estaba viejo, muy seguramente el paso del tiempo también se notaba en mí, pero había algo en él que mostraba cansancio y desdén. Nos saludamos con un gran abrazo con el que logró desprenderme del suelo, fue grato volverlo a ver, era el único que podía llamar amigo.
Ya en su carro mientras recorríamos el camino agitado de esa complicada ciudad, le pregunte de su vida, me dijo que bien, yo supe que fue respuesta mecánica; me atreví a decir que lo veía cansado, me dijo que casi no estaba durmiendo, le pregunte si era insomnio, me dijo  que era la situación que estaba viviendo, su esposa y él tenían muchos problemas de pareja, hasta el punto que la frase “me hace la vida imposible” apareció para describir el comportamiento de ella. Todo el camino hacia el hotel sirvió de desahogo, por primera vez en la vida vi a mi amigo con angustia real, con preocupación por su propia existencia, él que lo consideraba una persona inalterable, en la que anteriormente solo los escasos sucesos laborales eran las incomodidades que me confesaba en nuestras charlas, y terminaba diciendo que igual esos eran gajes del oficio y les daba por descontada la importancia que pudieran tener;  ahora dejaba ver cuán grave se sentía. A pesar de que no pude pronunciar palabra durante todo ese tiempo, si pude entender su zozobra , me sentí conmovido y solidario por la situación, antes de que mi amigo saliera del hotel ya con el conocimiento de que me había dejado bien instalado, atiné solo a decirle una cosa: ¡Sepárate! 
Los viajes de negocios siempre me han parecido tediosos una vez has cumplido el cometido, no sin muchas veces decirme a mí mismo que hubiese podido haber hecho lo mismo a larga distancia, ya fuera por teléfono, correo, o cualquier otra tecnología que no implique desplazarme. En la noche antes de mi viaje de retorno me encontré en la barra del bar que frecuento en la complicada ciudad, tomando mi terapia de relajación; observé a Sandra la bar-tender y note a partir de su saludo que algo no andaba bien con ella, estaba pensativa y muy retraída, algo que me gustaba de ella era que siempre tenía algo que conversar, igual, no solo en servir tragos se basaba su oficio, sino en entretener a los solitarios clientes de la barra. Le hice un chiste estúpido, con el cual ella medio esbozó una mueca que parecía risa, y acto seguido le pregunte que le pasaba, y me dijo que nada, yo supe que fue respuesta mecánica; me atreví a decir que la veía ausente y preocupada, me dijo que no estaba durmiendo, le pregunte si era insomnio, me dijo que no estaba pasando por un buen momento con su marido, le dije que los problemas de pareja era muy comunes y puse como ejemplo a mi amigo; ella me dijo que realmente el problema era suyo, que nunca debió casarse, que su esposo era un gran hombre, pero que definitivamente ella no era para un solo hombre, siempre sentía la necesidad de experimentar con extraños, no era capaz de permanecer fija con alguien, eso de la fidelidad no se aplicaba a ella, y sentía de alguna manera que su cónyuge le aguantaba demasiado, ya con la última habían sido 6 veces que la perdonaba, pero de igual manera no estaba dispuesto a seguir haciéndolo, ni ella tampoco. Así que tomó la decisión de dejarlo, pero tenía ese remordimiento de no haber hecho lo correcto; por otro lado seguía con la necesidad de tener sexo con otros hombres y se había propuesto no hacerlo, solo de esa manera podría superar esa condición que la atormentaba tanto, pero hoy llevaba tres días de abstinencia y no podía más. Impávido ante tal conversación, q nunca ni en mis más bizarros sueños había tenido, me paré de la barra y arrojándole unos billetes a mi interlocutora como pago de los tragos y propina, atiné solo a decirle una cosa: ¡Métete a Puta!

Es ciertamente curioso como la rutina va transformando la vida, a este punto entiendo que mucha parte del tiempo que se me ha dado para vivir en este mundo lo desperdicio haciendo todo exactamente igual y a diario, no sé si realmente el ser humano sea un animal de costumbres como dicen, pero en mi caso no es costumbre, se convirtió en algo que creía conveniencia, y aquí estoy de nuevo en un avión de regreso a la agitada ciudad por negocios otra vez. Como siempre un instante luego de haber concluido el objetivo de mi viaje, me encontré aburrido y peor aún, con crisis existencial. No pude dormir en toda la noche, di muchas vueltas en la cama, me paré de la cama y entre al baño, vi mi rostro en el espejo y me pregunte a mí mismo que me pasaba, me respondí que nada, yo supe que fue respuesta mecánica; me atreví a decirme que me veía asustado y desconcertado, que no estaba durmiendo, me pregunte si era insomnio, me dije que no estaba pasando por un buen momento, me senté en mi cama, una copa en mi mano me descubrí en la luz del día en mi habitación de hotel pensando en cuán rápido pasa el tiempo, fue entonces cuando me tomo el sueño por sorpresa, me acosté en la cama cubriéndome con la cobija, atiné solo a decirme una cosa: ¡Cambia!

Ahí estaba en la cima de esa montaña, nunca me creí capaz de escalar una pared natural como esa, tengo que confesar que al principio me dio miedo, pero sabía que eso era lo que buscaba, el riesgo, la aventura. Había decidido quedarme en la agitada ciudad unos cuantos días para hacer cosas nuevas, encontrar la emoción nuevamente, no ser un robot de ciclos, y esta nueva actividad era perfecta, tome aire y me dispuse a iniciar el descenso…
Después de que me terminaran de enyesar y de realizarme la respectiva curación  en las heridas, le pedí el favor a la enfermera de que  marcara en mi celular el número de Carlos, me colocó el teléfono al oído, y le explique a mi amigo rápidamente lo ocurrido, mi mejor escalada a la cima de una montaña y peor descenso de la misma, le dije que ya me daban de alta y que necesitaba por favor que me fuese a recoger. Salí de la clínica apoyado por una muleta a la izquierda y por el hombro de mi amigo a la derecha, cuando minutos antes me vio adentro no pudo contener la risa, supuse que mi reacción hubiese sido igual en ese caso, me ayudo a pararme de la silla, pude ver en su rostro alegría y plenitud, no era el Carlos que unos meses antes había visto en el aeropuerto, algo había en el diferente, estaba radiante rodeado de una  luz que nunca había visto en otra persona; de camino a su carro me contó que había seguido mi consejo y se había separado, que al inicio fue difícil pero que había sido su mejor decisión, me contó que tenía nueva novia hacia dos día y que me la quería presentar estaba esperándonos en el carro, me sentí feliz por mi amigo, al llegar al vehículo el  logró con mucho esfuerzo  meterme en el asiento trasero y yo con mucho dolor acomodarme, subió al puesto del piloto y mientras yo levantaba la mirada él se apresuró a presentarme a su novia.

Mientras recorríamos el camino agitado de esa complicada ciudad, no pude dejar de pensar como la vida no es una ruta que  te trazas sino una senda que te obligan a recorrer, la escena no podía ser mejor: yo vuelto mierda en el asiento trasero, mi amigo Carlos conduciendo con un brillo en su existencia, y a su lado Sandra, la bar-tender ahora su novia, me recosté en el asiento cubriéndome la cara con mi brazo enyesado, atiné solo a decirme una cosa: ¡Hacerme caso da miedo!

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