Te expresas, y resuelves lo que sientes con violencia en tus palabras,
sacando la bilis que se te acumula en la garganta, y arremetes, vuelves y
enganchas con tus ironías los pies de mis sentimientos, y siento elevarme por
los aires y caer de repente estrellándome con el dolor de lo que antes de que
iniciara sabíamos que existía. No me duele lo que dices, no tengo el derecho,
no me fatiga lo que llega a mis ojos, me estremece lo que alcanzan mis oídos. Y
se que sientes frustración, que deberías quitarte la venda de los ojos, y me
maldices en tu interior, te doblegas ante la ira, tomas aire y de nuevo acabas premonitoriamente
mi destino, te duermes llorando pidiéndole al cielo que yo reciba multiplicado
por mil tu dolor, y el cansancio te somete al sueño. Y amanece, sin saber donde
estoy, con la mínima idea de mi existencia, te levantas y le pides al cielo la ambigüedad
de mi muerte, y todo acaba conmigo, cuando reconoces que estoy, que siento y
que más aún, me haces sentir, ya no sabes que pasa por tu cabeza, no crees
reconocer el sueño de la vigilia, y me acanzas entre velos, me oyes entre
reflejos, y poco a poco vas abriéndote al entendimiento y comprendes que el
primero que escribió nuestra historia fui yo.

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