Son solo murmullos los que
alcanzo a escuchar, ya tu voz se convirtió en rastros lejanos que se pierden
con el paso del tiempo sobre ellos; y me alegra, me regocija el silencio que
ahora siento.
Como agradezco al cielo encontrar
paz, saber que vuelvo a tomar rumbo en el barco de la tranquilidad, donde las
olas que atravieso son vaivenes de sosiego sobre un cuerpo curtido y cansado;
ese cansancio que fuiste construyendo sobre mí, ladrillo a ladrillo, día tras
día, dolorosamente, intensamente, agotando mis fuerzas con cada estado de ánimo
tosco y agresivo, con cada recibimiento problemático y febril, quitándome las
ganas de reír, de disfrutar de afrontar en cada noche de los día arduos, lo que
debía ser descanso transformado en un averno verbal, agobiando cada parte de
mi, pero soportado estoicamente por la fervorosa solidez de un amor, que al
final no alcanzó aguantar las inclemencias de la incomprensión visceral.
No sé si todavía se oye tu queja,
tampoco si alguien la escucha, pero si estoy seguro de que aun en la soledad,
las paredes deben estar resquebrajadas ante tus demandas. Por fin comprendo
como el silencio se convierte en música y la soledad en paz, hoy cambie mi
destino simplemente atravesando el
espacio.

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