Al levantarme me preparo la ducha, mis ropas limpias incólumes que me recuerda que la vida, por lo menos la mía, ha sido recta tal como me lo propuse, antes de ti, contigo, después de ti. Me pongo mis zapatos, lustros como a diario, bajo de mis aposentos, a la mesa, esa gran mesa, hoy me arrepiento de haberla comprado tan grande, me encuentro solo en ella tres veces al día. Salgo a la calle, no lo niego todavía te busco entre la gente, sé que no te voy a encontrar, pero te imagino, remplazo las caras por la tuya y te encuentro en un mundo imaginario en el que me extasío con tu rostro. Mis oficios se diluyen en el tiempo con mi pensamiento puesto en ti, que difícil concentrarse cuando mi vida respira por ti. De nuevo a la casa, a la gran tabla de comedor, la espera en una siesta que no existe, la calle, tus rostros, mi oficio, la casa, la gran mesa. Subo a mi habitación a encontrarme conmigo, bueno, en verdad contigo, a ensayar como aprendo a borrarte, a practicar como te olvido, y a anotar el avance en el alzhéimer que le invento a mi mente de tu existencia, compruebo que he progresado, entro a mi baño me cambio las vestiduras y me propongo telas más livianas para el sueño, me lavo mi cara preparándome para la incierta noche, y descubro mi barba, aun más larga y espesa, se que debo enfrentarme a la rasurada al momento, de perder el signo de tu presencia, pero no puedo aun no sé cómo enfrentarme al espejo, aun no te has llevado tu imagen de él.

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