Te pregunte por aquel reloj que te regale, se que antes lo usabas a diario, así como los lentes de sol, con los cuales aprovechabas cualquier oportunidad que te daba el clima para utilizarlos, que fue de las cartas que te escribí, ¿aun las conservas? Y el libro que te regale, ¿lo terminaste de leer?
Todo, todo lo que te di lo has guardado en una caja, eso me has dicho, las cartas, el libro, el reloj, los lentes, cada cosa que te recuerda a mí la has puesto ahí, y esa caja en la oscuridad de tu armario es lo único que te indica que alguna vez existió un “nosotros”. Este relato lo acompañaste diciéndome como evitabas cada lugar que visitamos, los restaurantes en los que estuvimos, para no evocar nuestros encuentros, para no acordarte de mis palabras, de cada caricia, de cada beso, de cada “te quiero”, de todos los” te amo”.
No negaré que me golpearon tus palabras, pero aunque cada frase llevaba el rencor de la separación me pregunte, por qué no botaste la caja, porque no la quemaste, y así desaparecido de una buena vez por todas, ese fantasma en el que me había convertido; considere que la respuesta era que no habías podido olvidarme, y con esta idea recorrió por mi cuerpo un estremecimiento que en mi boca se convirtió en sonrisa. Tenía esperanzas, aun existía la tenue posibilidad de encontrar en ti toda esa pasión que lograba despertar, de volver el tiempo, de disfrutar los momentos que solíamos compartir de besarte sin motivo aparente, de tomarte por la cintura y recorrer juntos las calles, hablarte al oído y sentir como se contrae tu cuerpo, de explorarte bajos las sabanas, de sentir nuevamente esa explosión de nuestros cuerpos.
Me sorprendiste pensando en la posibilidad de rehacer lo vivido, cuando me extendiste con tus dos manos ese cubo, sorprendido recogí mis manos para no recibirlo, y muy suavemente lo colocaste sobre mis piernas, me dijiste gracias y te levantaste de la silla, diste media vuelta y te alejaste. Viendo aquel objeto me pregunte, como puede ponerse tanto amor dentro de una caja.

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