martes, 13 de septiembre de 2011

DESPRENDER




Qué bien se siente cuando sabes que has podido por fin ganarle la batalla a la adicción. La tentación se me ha paseado por la cara varias veces y he podido escupirla; solo Dios sabe que la he evitado, que me he contenido, y  si, se que algunas veces me he visto débil, con ganas de flaquear de sucumbir a su poderoso convencimiento, pero más fuerte ha sido mi definición, mi ganas de ser férreo, entero ante lo goloso del placer.
No me he enterado hasta después de siete días  que me has escrito pidiendo mi ayuda, mi socorro, que me has gritado desesperadamente que vaya en tu auxilio, te he respondido que lo haré, que alguna vez te juré que contarías con mi ayuda y aquí estoy para tenderte  mi mano, no sin pedirte disculpas por no ver en el momento tu mensaje, pero que aun así yo soy un soporte para lo que necesites, que mi preocupación en este momento es más grande , que no puedo imaginarte sufriendo, que en mi ser nunca existe  el descanso cuando sé que alguien podría estar mejor con mi ayuda y no la he brindado, así que aquí me tienes, aunque la distancia nos separe yo sabré franquearla para poner mis fuerzas a tu lado.
 Con unas frases cortas y recalcitrantes tu respuesta no pudo ser más diciente: “Gracias pero ya lo solucioné”.
Cuando tienes la convicción de tu voluntad, y un esfuerzo claro de tu batalla, el mundo entero lucha contigo, supe después del impacto que la mejor respuesta de tu parte pudo haber sido esa, ya sé que por lo menos sientes algo de rabia y rencor hacia mí, que en ese corazón que una vez fue mío he empezado a convertirme en alguien no grato, en un ángel que poco a poco ha perdido sus alas ante ti para transformarse en un ser muy terrenal, que cuenta con la gracia del destino de no ser necesitado por el ser que  en un momento fue su adicción.

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