SIN EL UTLIMO TRAGO
Miré a mi alrededor tratando de buscar una justificación a lo que estaba pasando, lo que alcanzaban a ver mis ojos era lo mismo de hacía un momento, nada, nada que me hiciera comprender tu desprecio, apure otro trago más de la botella, me corrió algo de licor desde la boca a mi barbilla, goteando sobre la camisa, esta misma que me regalaste el aniversario pasado, y que hoy estoy usando como conmemoración a la soledad, no valieron mis lamentos, el corazón que saqué de mi pecho, destilando amor y pasión, para entregártelo en tus manos, y que sin una mísera señal de condolencia, lo sacudieras para dejarlo, acomodado en la mesa de la estancia, y poder agarrar tus maletas y decirme adiós.
Levanto la mano sobre mi cabeza, con la esperanza de que el mesero me vea, gesto infructuoso en este bar, que parece atendido por invidentes, subo mi mirada, vuelvo a dar otra vuelta con ella sobre el entorno, todo seguía igual, una mesa al fondo con dos hombres que hacía un rato discutían sobre futbol o algo así, y que tomaban sorbos gigantes de unos baldes de cerveza que cada uno tenia al frente, de cuando en cuando parecía que se fueran a ir a los golpes, y en el momento más álgido de la discusión uno de ellos terminaba por abrazar al otro y mostrarle una sonrisa, que más parecía una mueca desdibujada, que se iba desfigurando con cada trago. Lancé un silbido a ver si alguien perteneciente al establecimiento venía en mi llamado, otro gesto perdido; en la barra no había nadie, y me había parecido hace un momento ver a un dependiente de bigote engominado despachado una botella al hombre del sobrero que estaba en el banco del extremo. Siempre me ha llamado la atención esos atuendos de algunas personas, que no tienen un mínimo de sentido común para combinarlos, se que hay mucha gente que no le interesa la moda, pero aún así creo que cada quien se debe a un estilo, o por lo menos a una regla básica de vestimenta, este hombre por ejemplo, sobrero de ala ancha, camisa amarilla, que en su juventud debió mostrar un color más vívido, un pantalón que imita a unos vaqueros, color naranja cobrizo, y unas zapatillas de correr de varios tonos, que bárbaro pensé, y me acordé de las correcciones que me hacías al salir de la habitación, que me cambiara esos pantalones, que tal vez la camisa que llevaba no era la mejor opción, que por qué mejor no me ponía otros zapatos, ya que la ocasión lo ameritaba, al final siempre te hacía caso, y me vestía como tu me lo decías, una vez volvía con mi nuevo disfraz ajustado a tu gusto, te me acercabas y me dabas un beso, siempre lo vi como recompensa a acatar tus ordenes ajustadas a tu parecer.
Por fin apareció el mesero, le pedí amablemente otra botella, a lo cual me contestó con la pregunta de que si me encontraba bien, ¿qué más podía responder? Por supuesto que no mi querido a migo o es que no me vio llorando hace un rato, cosa que me sorprende porque a este nivel pensé que ya no quedaba llanto, y me tocó explicarle, me tocó decirle como pensaste que malgasté mi tiempo contigo, pero que yo no lo vi así, porque lo hice con cariño, cada momento, cada segundo cada espacio que te di lo hice con esmero, con dedicación, para que fuera perfecto, me vi obligado también a decirle que aunque me hayas herido y dejado tirado después de entregarte mi vida, yo no sentía rencor, que aun te seguía queriendo, me vi en la necesidad de narrarle como te abrazaba cada vez que te veía, como se iluminaba mi momento cuando tu aparecías, que sabía que aunque hubiese llegado tarde a tu amor, yo seguía intentándolo, porque en algún momento pensé que podrías quererme, que no era el interés lo que hacía que estuvieras conmigo; después de irte siempre me has dicho que despierte a la realidad, que me pellizque, pero de que vale despertar si yo quiero seguir soñando, no quiero ver esta vida sin ti; me interrumpió el mesero dándome dos palmaditas en mi hombro y no lo dijo pero lo leí en su rostro, tan claro como si lo deletreara, ¡Q U E M I S E R A B L E! dio media vuelta y desapareció detrás de la columna. Por un instante el ambiente quedó en silencio, la música cesó, pero en dos segundos, volvió a conectar con una canción de ritmo tropical, como esas de carnaval, sentí el ruido desgarrador de las patas de una silla al arrastrarlas por el piso, y volví mi cabeza hacía donde venía el sonido, a mi espalada en una mesa de cuatro mujeres, una de ellas se levantó efusivamente, al tiempo que gritaba algo incoherente, y se puso a bailar con ambiente festivo, las compañeras reían y una se tapaba los ojos como queriendo esconder la pena que le causaba la actitud de la bailadora, otra la más delgada acompañaba el zapateo con palmas y sonidos imitando tambores, la que danzaba movía su falda en un son hipnotizador, y hacía que las flores que estaban estampadas en ella cobraran vida, me sentí regocijado en ese momento, me acordé de los tiempos en que tu y yo nos entregábamos a la música, cantábamos y bailábamos como se nos apetecía, en nuestra casa, tu escogías siempre la música, yo te seguía el juego, me encantaba verte sonreír cuando me invitabas con tus manos a seguirte el paso, te movías con tanta elegancia y yo en mi torpeza, trataba de no tropezar, mucho menos golpearte, terminábamos en el piso, cansados, y yo aprovechaba el momento de indefensión para buscar tu boca y besarte, tocar tu cuerpo y tratar de llevarme el premio de lograr que hiciéramos el amor, cuando lo alcanzaba, mi alma entera se extasiaba, tu cuerpo se estremecía con cada toque de mis manos, con el roce de mi piel, por eso no me creo que te haya sido indiferente tu vida a mi lado, no creo que no causara si quiera cariño en ti, me niego a creer que todo lo borraste como si fuera un tablero de colegio, del cual ya la lección se aprendió, o tal vez si, porque después que terminaban nuestros cuerpos entrelazados tu mirada se perdía, y cambiabas repentinamente.
Ya la segunda botella llevaba su nivel afectado, por lo seco de mi garganta y el recuerdo de tu adiós, seguía preguntándome cómo pudiste decirle a amigos en común que sentías miedo, miedo de mi, de que pudiera hacerte daño, no lo entiendo, que daño puedo hacerte con quererte, que más daño que el que yo mismo me hago, sin poder olvidarte, sin desear vivir sin ti; otra lagrima de esas espesas, me corrió por la mejilla, tomé un sorbo de agua, miré el reloj, ya casi las siete, volví a levantar la mano para llamar al mesero, no apareció, así como las llamadas que te hago, ya no contestas, las cartas que te envío, me cuentan que no las abres, también me dices que evitas pronunciar mi nombre, como si tenerlo en tus labios fuera un veneno, mientras que yo el tuyo lo grito al viento, cómo hago para que entiendas lo mucho que te quiero, cómo hago para que veas las noches que paso en vela por ti, cómo te digo que la vida se me va en pensamientos, inventando que regresas y me amas, y te hago feliz por la eternidad, que este mundo sin ti no vale la pena, que hago lo que me pidas, lo que sea, y lo sabes bien, que humillarme lo logro sin pretenderlo, siempre y cuando sea por tu amor. El ambiente ya se había puesto alegre con la música y los nuevos clientes que habían entrado al bar, la bailadora se daba un respiro en su silla, mientras sus amigas continuaban con el parloteo y la risa, la barra ya estaba llena y el hombre de bigote engominado no daba abasto con las bebidas, agitaba una coctelera brillante en sus manos, mientras le hablaba a un cliente, servía el trago, y apuraba servilletas debajo de las copas, giré en dirección a la puerta y vi una mano agitándose la cual reconocí, era mi cita de esta noche, revise en mi bolsillo si tenía las llaves de la habitación del hotel, comprobando su presencia ahí, recordé que había dejado todo organizado, el vino en la hielera, la luz tenue y la música lista para pasar una noche maravillosa de placer, me puse de pie, saque unos billetes de para pagar la cuenta que había calculado rápidamente en mi mente, sumando algo más para la propina, los dejé sobre la mesa, y di dos pasos hacía la puerta, me detuve y me regresé para recoger la botella y llevarme lo que aún quedaba, me lo tomaría después del sexo o mañana, para seguir pensándote y soñando con tu amor, ese mismo que nunca existió.