viernes, 1 de febrero de 2019

El hijo del hombre




Me quede mirando esa mancha oscura como de humedad que había en la pared de su habitación, a mis oídos llegaban sus palabras confusas, perdidas en un aire denso, casi como atravesando un fluido viscoso, ya no trataba de entenderlas, para qué, sabía que eran más mentiras que lo que hacían era borrar su imagen de perfección que en algún momento cree en mí al inicio cuando mi corazón latía rápido al vernos, al estar juntos, cuando con solo un dedo de su mano tocaba un milímetro de mi piel, ya no, eso es pasado; no entiendo que hago aquí, sentado en el borde de su cama, en una actuación más de su mente ordinaria que pretende que vuelva a hacerme el tonto y seguir firme como siempre lo había hecho, un objetivo que ya no se podía repetir, dejarme envolver y hacerme creer que todo podía ser mejor, que su falla así fuera repetitiva, a la final era culpa mía, ya me sabía cada sílaba que me expresaba desde el otro lado de la estancia, pero no podía ser el mismo, me obligó a cambiar; miré la mancha nuevamente, era una figura irregular que parecía a un hombre con sombrero, de esos como un bombín, cuando la ví por primera vez no era tan grande, y creo que no me causaba tanta curiosidad o preocupación, como ahora, es más, en ese entonces no era un hombre con sombrero, parecía el rostro diminuto de un perro, con un largo hocico, así como esa figura que hacía con la manos a la luz de una vela jugando con la sombra reflejada en la pared, de niño me encantaba hacer esas representaciones de animales, primero una paloma, luego un conejo, después ese perro hocicudo que más que radiografiado en la sombra era un juego obligado de mi mente a creer que eso que estaba ahí podría parecer a algo, así como ahora, que le hacía creer a mi corazón que aquello que sentía era amor.

Me entregué a querer obnubilándome de sentimiento, hubo una primera vez en que no me importo que me fuera infiel, sobrepuse mi orgullo, yo que antes había sido quien dictaba las emociones, me vi reducido a su juego, me metí en un laberinto que no estaba diseñado para mi, fue un azar de sus pasiones que mostraban que aún seguía su apego a ese otro, sin embargo no me importaba, quise jugar a tener nuestro espacio, el lugar perfecto, ese nido que permitía que los dos fuéramos uno solo; nos tocábamos el alma, los besos enmarcaban el lugar, las ganas bendecían la habitación, y nos acostábamos a dormir, aunque yo no lo hacía, solo contemplaba su rostro y agradecía a la vida por esta oportunidad, me preguntaba si podía entregar todo lo que yo era a ese ser, y mi respuesta sin dudarlo fue “siempre”, me acomodaba en su cama, daba vueltas tratando de conciliar el sueño, pero era imposible, me levanté para ir a baño como una excusa a mi mente, de esas que enmascaran el insomnio, me detuve ante la visión de la macha. ¿Cuándo cambió? ya el perro no estaba en la pared, en algún momento se convirtió en águila, imponente con las alas extendidas y con su pico apuntando hacia abajo, como preparándoselo para atacar a su presa, y aquella figura ocre comenzó a mezclarse con una grieta que subía desde el zócalo, formando unas garras despiadadas de la grandiosa ave, que la hacía parecer más peligrosa aún. Se alcanzó a mover entre el estupor de sus sueños, pensé que me había sorprendido mirando y tratando de descifrar aquella pintura del azar, pero volvió a acomodarse entre sus sábanas y siguió soñando seguramente con él. Fui al baño, vi mi reflejo en el espejo, era un yo de antes, sin miedos, lleno de deseos,  de mucha energía, no me reconocí; baje la cisterna del sanitario como ritual y para hacer creíble la mentira a mi psiquis, regresé a la cama, me abalance a su lado, así como cuando te asiste un tronco que flota en un río que te lleva seguro a la muerte, sentí su respiración en mi rostro, imaginé en ese momento como serían sus encuentros con él, los besos que se brindaban, la caricias desesperadas, y si de pronto aparecía yo en su mente, y desechaba la idea de mi existencia en el fulgor de las manos que apretaban su corazón, o tal vez se reía de mi, de mi inocencia. 

me dió el sol en la cara, los amaneceres me dan la sensación de soledad; se despertó y me abrazó fuerte, tan fuerte que sentí que tenía otro chance en su corazón, me alegré, y lo celebré con besos sobres sus labios, tratando de engañarme a mi mismo, obvié el dolor y me sumí en la falsa alegría que me producía el pensar que todo iba a cambiar, inventé nuevamente un plan, me aferré a ilusiones y seguí un camino alterno, el cual nos llevaba juntos hacia un futuro. En el pasado siempre lideraba mis relaciones, ondeaba la batuta principal de la dirección, demarcaba con mi brújula la ruta, hasta que el mar cambiaba sus condiciones y decidía llegar a puerto, descargas y volver a partir, con una canción retumbando en mi mente, que entonaba a viva voz para no escuchar el llanto de quien me miraba desde el muelle con el corazón destrozado, siempre sabía que quizás algo mejor le depararía la vida en tierra, mientras tanto el océano esperaba por mi, y yo no quería perder la oportunidad de recorrer los mares por tanto que conocer, una razón más para admirar a los navíos. Un barco, como el que siempre soñé, eso era ahora el águila de garras despiadadas, con su proa ligeramente levantada, las velas inflamadas y una quilla que alcanzaba a asomarse sobre unas olas quebradizas formadas por las lineas zigzagueantes que se perdían en la esquina del muro, quizás si hacía un mayor esfuerzo podía adivinar uno que otro rostro en el puente de mando, afiné mi vista para analizar la mancha cambiante y cerré mis oídos para no seguir escuchando nuevamente el discurso  estático, ese mismo de aceptación de su falla, las rancias excusas, la sagacidad para endilgarme la culpa,  la sombra de ese otro que no se iba, que nunca se fue; quise convertir en un sólido el dolor que sentía en ese momento y meterlo en los compartimientos de carga de ese gran bote de la pared, y que el viento arreciara para llevarlo muy lejos. 

La rabia me consumía, no podía creer que otra vez el engaño surtiera efecto sobre mi, el dolor de la infidelidad no pesa tanto como la entrega del perdón, aún así accedí a convencerme nuevamente, a planificar otra vez, a seguir otro camino alterno. Permití mucho, me deje tocar cuando estaba enfadado, compraba sus cuentos fabricados, me deje besar cuando aun el veneno destilaba por mis labios y los suyos seguían sabiendo a los del otro, a la noche anterior cuando las manos de quien nunca se había ido apretaban por enésima vez su corazón y en igual cantidad se reía de mi inocencia, y ahí seguí, un intento más, me bajé del barco, despedí a la tripulación y me instalé en el puerto, ahora sabía lo que sentían esas pobres almas que eran abandonadas por mi en el pasado de mi trasegar marinero, y dolía, dolía demasiado, me quedé mirando como la nave desaparecía en el horizonte, se iba de mi vida y de la pared.

Esa noche fue amarga, ya no me valía el discurso estático, sus promesas de cristal expuestas de rodillas, los ardides de su invención endilgándome sus yerros, de nada sirvieron sus manos tocando las mías, sus abrazos que ya nada me producían, mi alma se había secado esperando un milagro que no existía y que nunca iba a ocurrir, me aferré a la mancha en la pared, que a diferencia de sus acciones era lo único que cambiaba, entendí que la culpa no fue del perro de largo hocico o del águila, tampoco del barco y mucho menos del hombre con bombín, no, la culpa era mía por querer entrar a un corazón que ya tenía dueño, por no entender que fui un intruso en un lugar donde no me habían invitado, no me quedó más que recolectar mis pedazos, recoger el jirón de dignidad que aún pendía de un tonto sueño, echarlo todo en un saco de recuerdos y llevarme lo que pude de ahí, hasta esa mancha de humedad creo que viajo conmigo, desde entonces comencé a usar sombrero.