Me senté a esperarte en esa banca del parque, llegué 30 minutos antes, no tanto para ser puntual, como para poder verte mientras caminabas hacia mi, lograr detenerme en tu movimiento, volver a analizarte, escudriñar tu atuendo, perderme en tus gestos. Puse mi morral al lado, como protegiendo el lugar, ese espacio que solo sería para ti, ese reflejo del pedazo de mi corazón que nadie más ha podido llenar y que tardé tanto en entender que solo te pertenecía, que era tuyo desde que te conocí, pero en cada voltereta del tiempo me engañaba descartándote una vez más, aunque sabía que los trucos funcionaban cada vez menos, me repetía la mentira muchas veces buscando excusas en alguien que me agradara, pero al final la verdad siempre relucía en mi cara, hasta que por fin me harté del juego, entendí que seguiría siendo una tontería los artilugios con que pretendía olvidarte, que siempre existías en mi, estuvieses en el lugar del mundo que fuere, que te pertenecía, que te pertenezco y siempre ha sido así.
Tomé valor para llamarte, no sé que pasaría, me lancé; al otro lado tu voz trémula, casi apagada alcanzó a atravesar débilmente el aparato para entrar en mi oído y lograr escuchar un saludo formal, me identifiqué esperando un cambio que no llegó, me volviste a saludar, y creo que el silencio logró apagar mi mente, no se cuanto tiempo pasó, hasta que reconocí tu voz recriminando la mala señal, -Estoy aquí- te dije sobresaltado, y volviste a tu voz de indiferencia. Quería decirte cuanto te había extrañado, las noches que me descubrí a mi mismo con lagrimas latigando mi torpeza por dejarte marchar, los días incontables que anidaste mi cabeza ausentándome de la realidad, los anhelos secretos que sentía al imaginarme volver a tocar tu cuerpo, las caricias que me diste, que te di, que nos dimos y las otras que no quisimos, la explosión de mi pecho al volverte a ver. Sin embargó apile como pude cada sentimiento, los guardé y solo atiné a decirte que quería saludarte – ¿Estás en la ciudad?, vaya que sorpresa yo igual- y si que fue una sorpresa, sentí mi corazón queriendo salirse por un costado – ¿Quieres que nos veamos? - alcancé a interrumpirte con esa interrogación, sabiendo que no podrías negarte, y así fue, pusiste día, hora, lugar y aquí estoy esperándote, repasando en mi mente cada palabra, practicando un iluso juego de roles de dos personas que se conocen, que se reconocen hasta la saciedad, que repasaron centímetro a centímetro cada pedazo de la piel para grabar con la punta de los dedos la pasión en la mente que ejerce el deseo, que compartieron secretos y sueños, que se abandonaron el uno en el otro, para dejarse caer en algo que no alcance a definir pero que tu llamabas amor.
Miré a ambos lados tratando de adivinar por donde aparecerías, seguro a mi derecha, si mal no recuerdo hacía allá queda tu casa, o tal vez quedaba, quizás habías decidido cambiar de lugar, así como decidiste en algún momento cambiarme a mi, no darme otra oportunidad, te cansaste de mis indecisiones, de mi falta de apego, de mi engaño mezquino; me sobresaltaron unos gritos agudos, giré mi cabeza en la dirección en que se generaban y alcance a ver a un grupo de niños en los juegos calcados que pone la municipalidad en cada parque que remodela, un vendedor con su carro de helados apoyado en la baranda de separación de los juegos, moviendo erráticamente las campanillas para anunciar su presencia, con la mirada perdida hacia al vacío. A veces juego a inventar la vida de extraños, de transeúntes que pasan en su propio afán, de personas que están en una cafetería, en cualquier lugar, me imaginé a aquel vendedor llegando a casa esa noche, a su familia esperándolo, tal vez un hijo o dos, mirando por la ventana a la entrada de la calle esperando con los ojos brillante a que apareciera papá con la cena de esa noche, la alegría al reconocer a la distancia al hombre de familia, los gritos ahora en la terraza acompañados de palmadas y vítores que hacen que el corazón de ese hombre se hinche y sepa que vale la pena cada paso que da empujando el carro de helados, bajo el sol, la brisa, la lluvia, la inclemencia que vive no se compara con la felicidad que le produce cada regreso a casa; así te espero yo en este banco de parque, si no fuera tan tonto y tan estúpido, también gritaría de alegría al verte, opacaría las voces de todos los niños en los juegos, saltaría acercándome a ti y te agarraría en mis brazos tan fuerte hasta ahogarte y devolverte la respiración con un beso largo y prolongado de esos que nos dábamos cada noche antes de dormir. Pero no, controlo mis impulsos, se que seré aplomado ante tu presencia y no he decidido aún si dejo que hables primero o lo intento yo, es un plan que a este momento no perfecciono.
Reviso el reloj, 8 minutos para la hora acordada, siento unos ojos fijos sobre mi, levanto la mirada al frente, pensé encontrarte, unos ojos se posaron desafiante sobre los míos desde la otra banca, una sonrisa apareció, no se porque respondí de la misma manera, lo ultimo que quiero es conocer a gente nueva, bajaron nuevamente y se mantuvieron con un movimiento horizontal sobre un libro apoyado en una mano que lo acunaba como cuando sacas un pájaro de una jaula, giré mi cabeza hacia la izquierda, el señor de los helados ya no estaba, un grupo de madres y niñeras con uniformes impolutos se mezclaba cerca a la baranda de los juegos, mire hacia mi derecha, el lugar donde aposté que aparecerías, dos ancianos conversaban sentados en una escalinata del monumento de un prócer irreconocible, una mujer empujaba un coche de bebé, de esos modernos que parecen sacados de una película de ficción a través del corredor central del parque y recién reconocí que oculto a mi vista por un árbol que se encontraba a un costado, había un puesto de revistas y chucherías, una señora entrada en años y obesa era la dependienta, sentada frente a la caseta en un banco metálico que hacía mucho tiempo gemía un esfuerzo sobrenatural por no ser acabado por el óxido. La mujer miraba a cada lado y movía los labios como rezando una letanía, tal vez oraba por clientes, para que la situación mejorara, seguramente al llegar a casa en la noche no habría alegría o niños gritando como al señor de los helados, no, seguramente la esperaba la soledad, interrumpida a media noche por un marido borracho que hacía años se había cansado de golpearla, pero en su orilla de la cama ella se repetía que era mejor vivir con él que estar sola, que mal o bien los golpes ya habían cesado y que en el fondo el cariño de ese hombre era para ella, de que valía una vejez sin compañía. ¿De que valía mi vida sin tu compañía? Por eso me aventuré a verte nuevamente a contarte lo mal que lo pasé sin ti, a ponerme de rodillas si era necesario y rogar que entraras en mi mundo otra vez, que fueras tu mi mundo otra vez; mire el reloj, pasado 12 minutos de la hora, sentí los ojos nuevamente sobre mi, los miré, la sonrisa apareció pero no fue contestada, detallé esos labios, le daban una armonía a un rostro que brillaba aún por la hora, cuando el sol ya se ocultaba y las sombras aparecían; por primera vez temí que no llegaras, que me dejaras plantado en ese lugar, que me cobraras con tu ausencia todo el daño que te había hecho, que me hicieras pagar mi huida, la falta de compromiso, mi sabotaje a tu paciencia, pero recordé que no eras así, que tu nobleza sobrepasaba tus orgullos, que tus sentimientos blancos opacaban los odios negros que podían aparecer, me tranquilice.
No se en que momento se encendieron las luces, ya no habían niños en los juegos, la caseta de revistas estaba cerrada, los ancianos se habían ido y dieron relevo en las escalinatas a una pareja de novios que se besaban bajo el rostro apacible del extraño prócer, frente a mi pasó raudo el hombre de los helados, muy seguramente tarde para llevar la cena a sus hijos, todo el paisaje había cambiado en el parque, menos esos ojos, que cada tanto como en una actividad cronometrada, dejaban la lectura para posarse sobre mi, los miré fijamente, ahora quien emitió la sonrisa fui yo, creo que en un acto de cortesía o tratando de no parecer un malévolo extraño desocupado, esta vez hubo respuesta, esos labios, ese rostro, las manos tan finas en el libro, la elegancia de la silueta a contra luz de las lámparas del parque, baje mi mirada con algo de vergüenza por mi escrutinio atrevido, busque en mi muñeca el reloj, mi temor ya era comprobado, pasado 52 minutos después de la hora ¿Por qué lo esperaste tanto? ¿Ya lo tenías planeado? Esta era una venganza que preparaste durante todo este tiempo, ¿sabías que iba a llegar el momento en que te buscaría nuevamente? A este punto no creía tampoco que estuvieras en la ciudad, tal vez estabas en tu mundo, riéndote de mi, de este pobre tonto que estaba recibiendo su merecido, brindando por tu buena vida, dándole gracias a Dios por no haber cargado con este perdedor, en este preciso momento supe lo que duele, sentí acuñado mi pecho, pase mi manos por mi cara, creo que alcance a secar una o dos lagrimas, tal vez era sudor, Dios quiera que hubiese sido sudor, me acomode la camisa impulsivamente, te maldije hasta mas no poder, lo hice con tanta fuerza para que atravesara el espacio y pudiera llegar directo a donde te encontrabas, saque tu nombre de mi cabeza, desdibuje tu rostro de mi recuerdo y me hice jurar enterrarte en el pasado. Miré el reloj, ya fue un gesto más, el parque ya vacío daba indicio de la hora, sentí los ojos, los miré, entendí que desde hacía un largo rato el libro era un pretexto, no había luz en ese punto, sonreí, me sonrieron, tomé mi morral y lo levante del banco apoyándolo sobre mis piernas, los ojos se pusieron de pie y caminaron hacia mi a sentarse a mi lado en ese espacio que antes tenía separado para no se quien.

